De manera no polémica y no violenta Francisco instaura en su fraternidad una alternativa del orden establecido con sus divisiones consagradas. En Asís dos clases sociales determinan la vida social: los nobles, o sea los “majores” (= más altos) y los burgueses de la ciudad que tienen el poder, frente a los llamados “minores” (más bajos), a quienes les toca obedecer; entre los que pueden usar armas y los desarmados. Además de ellos, está la gran masa de los pobres que no tienen nada que decir ni que comer.
Francisco le contrapone a ese orden un nuevo orden: la fraternidad utópica, que proviene del Evangelio (cf. Mt 10, Hch 14,2), una vida en solidaridad constante con los pobres, sin lugar donde vivir, siempre en las calles o al margen de la sociedad. Para Francisco esa visión era tan determinante que la interiorizaba hasta en los más mínimos detalles y la plasmó en su regla: “De cómo deben ir por el mundo”, “De los que quieren ir entre sarracenos y otros infieles” (cf. 1 R 14 y 1 R 16).
Francisco justificó una nueva forma de vida que corresponde a la lógica del Reino de Dios. Este Reino se reconoce sobre todo, en que anuncia la “Buena Nueva” a los pobres (cf. Lc 4,18; 7,22). Esta forma de vida es tan radicalmente diferente como los cambios politico-sociales que necesita nuestro tiempo. Francisco expresa ese cambio de lugar social por el lenguaje corporal y los símbolos: él se despoja de sus vestimentas burguesas y se las devuelve a su padre terrenal; escoge una túnica de ermitaño, pero poco después se la quita y se conforma con un traje en forma de saco que no permite ninguna clasificación social. Abraza y cuida a los mendigos y leprosos; también invita a ladrones a su mesa; el beso de saludo y de paz se convierte para él en una señal de amistad y cercanía. Francisco no sólo quiere justicia social, exige solidaridad vivida y concreta.
CCFMC, Lección 20, C 2.1

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