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Como si fuera la voz de Dios

 
 

Desde siempre Francisco se sentía atraído por el misterio de Dios. Durante horas podía estar retirado, orando y meditando. Nadie ni nada debía interrumpirle en esto.

Pero él se había decidido por una vida en el mundo: quería ser pobre con los pobres. Al contemplar la cara alegre de Clara y la de las demás hermanas que vivían retiradas del mundo en San Damián, se le vino una pregunta a la cabeza: ¿No debería también él retirarse definitivamente del barullo del mundo? ¿No sería mejor vivir allá arriba en las Carceri o en algún otro lugar solitario? ¿Rehuir a las personas y sus asuntos ? ¿Estar dedicado sólo a conocer a Dios y orarle tranquilamente por el mundo? ¿Cómo podría obtener una respuesta?

Francisco sabía que él solo no podría encontrar una respuesta. Necesitaba el consejo y la oración de otros. Así que envió a consultar a Clara, su amada hermana, y al hermano Silvestre.

Y ambos le dijeron lo mismo: Francisco, Dios no te ha llamado sólo para ti mismo; debes embarrarte los pies. No te puedes retirar definitivamente del mundo, los hombres te necesitan. Debes hacer lo mismo que Jesús, que anduvo los caminos terrenales de los hombres, para que experimentaran su presencia.

Las respuestas idénticas de las dos personas amadas, eran como si fueran la voz de Dios mismo. Y de esta manera Francisco se mezcló en los destinos del mundo, enteramente como el Hijo de Dios, que se involucró en las vicisitudes de los hombres. (Según Flor 16 y LM 12,1 s.).

CCFMC, Lección 10, De las Fuentes

18.02.2010