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La vida al lado de los pobres

 
 

Jesús se acerca de manera particular a los que están amenazados en su capacidad de amar. Estos incluyen grupos marginados y niños, en los cuales la capacidad de amar puede ser cubierta o enterrada.

Las personas que están en tal peligro, deben tener el primer lugar en el compromiso pastoral. Ellos se pueden remontar a Jesús: “El que recibe en mi Nombre a un niño como éste, a mi me recibe” (Mt 18,5).

No existe nadie para Jesús que, por motivos religiosos, por ejemplo porque no está capacitado para el culto, es decir que según los hombres es “incapacitado para Dios”, sea excluido de su comunidad: “No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos” (Lc 5,31).

Jesús sanciona con mayor severidad a las personas que hacen peligrar o destruyen en las personas pequeñas o débiles su capacidad de amar: “Si alguien hace tropezar y caer a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le amarraran al cuello una gran piedra de moler y que lo hundieran en lo más hondo del mar” (Mt 18,6).

A la pregunta de los discípulos, sobre quién es el más grande en el Reino de los cielos, Jesús contesta que uno debería ser como un niño. Entonces el que renuncia a la grandeza, a la fuerza y al poder “es el más grande en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 1-4). Jesús coloca a los niños y a los discípulos en un mismo nivel. Para ambos vale lo mismo: “El que recibe en mi Nombre a un niño como este, a mí me recibe” (Mt 18,5). Aquel, que como cristiano se hace vulnerable, por ejemplo por renunciar a la violencia y que como Francisco “se expone al Sultán”, tiene el Evangelio de su lado.

CCFMC, Lección 25, C 2.3

14.07.2009