Clara seguía, lo mismo que Francisco, el Evangelio. Su actitud está basada en el asombro profundo, en el silencio maravillado, en la meditación comprensiva del hecho de fe de que Dios se haya revelado de una manera tan increíble: El se hace hombre, carne, pobre. Esto es el centro del carisma franciscano-clariano:
Ahora bien, en este espejo resplandecen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como lo podrás contemplar en todo el espejo.
Mira - te digo - al comienzo de este espejo, la pobreza, pues es colocado en un pesebre y envuelto en pañales.
Oh maravillosa humildad, oh estupenda pobreza!
El rey de los ángeles, el Señor de cielo y tierra, es reclinado en un pesebre.
Y en el centro del espejo considera la humildad: a lo menos, la bienaventurada pobreza, los múltiples trabajos y penalidades que soportó por la redención del género humano.
Y en lo más alto del mismo espejo contempla la inefable caridad: con ella escogió padecer en el leño de la cruz y morir en él con la muerte más infamante.
Por eso el mismo espejo, colocado en el árbol de la cruz, se dirig ía a los transeúntes para que se pararan a meditar: .
Oh vosotros todos, que pasáis por el camino mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!. Respondamos a una voz, con un espíritu, a quien así clama y gime: .No te olvidar é jamás, y mi alma agonizar á dentro de mí!..
(4 Cta 18-26).
CCFMC, Lección 19, C 2.3

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