El gran papa Inocencio III tuvo una vez un sueño. Vio cómo se derrumbaba la Iglesia.
Impotente veía cómo se caían los muros, cómo eran vejados los santos, cómo todo estaba indefenso. La fe se desvaneció, la esperanza cada vez era más pequeña, el amor se escapó de la Iglesia. Pero de pronto apareció de entre las sombras un hombrecillo vestido con ropa raída. La agarró con ambas manos, se comprometió con todo su ser.
Y los muros dejaron de derrumbarse, incluso las piedras caídas regresaron a su lugar. Y el techo se abombó de nuevo para darle al santo protección y morada. La fe se fortaleció, al igual que la esperanza y los hombres se abrazaron de nuevo.
Al día siguiente, Inocencio III tuvo una visita inesperada. Cuando Francisco cruzó el umbral, el papa reconoció en él al hombre harapiento que en su sueño renovó la Iglesia (cf. LM III, 10).
CCFMC, Lección 25, De las Fuentes

inicio
impresión