Dios les confía a sus elegidos no sólo sus secretos,
sino que también les regala algo de su santidad.
Ellos participan de cosas que nadie tolera,
teniendo una obediencia estricta a Dios.
Ellos han renunciado a sus propios planes;
son inspirados que anuncian y vislumbran
lo que en su fe no ven.
Ninguna potencia externa,
ninguna ambición logra cambiar tanto al hombre
como la palabra de Dios vivida,
cuando el Espíritu da el triple testimonio
de lo que el Padre crea y ordena y deposita en su Hijo.
De esa manera el profeta se convierte él mismo
en testimonio por el Espíritu que vive en él.
El anuncia los acontecimientos y realidades
que solamente tienen realidad en el tiempo de Dios.
Y lo que balbucea como adivinando
o lo que puede anunciar con voz firme y decidida,
a la larga él mismo no lo entiende,
porque es un don divino recibido...
El no puede callar la verdad,
aunque al principio se resista a ella,
porque Dios, que lo guía, es más grande que sus pensamientos,
su voluntad y sus propia necesidad.
La importancia de Dios sobrepasa cualquier exigencia humana.
El profeta habla sometido al poder de Dios.
Pero al mismo tiempo como un elegido
que puede mirar hacia su Padre.
Adrienne von Speyr

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