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Una actitud política nueva de la Iglesia:

Desde finales de los años cincuenta se originó en muchos países de Latinoamérica el “catolicismo social”: la acción católica y las diferentes organizaciones juveniles se atrevieron a oponerse a los inconvenientes sociales. El clamor por un cambio social se acrecentó. Estos cristianos críticos desarrollaron nuevas formas de organización; ellos se adentraron en nuevas áreas de la sociedad; difundieron nuevas concepciones políticas liberadoras y luchaban por los derechos humanos. Luego llegó el Concilio Vaticano II y la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968). De esas experiencias nació la teología de la liberación.

A consecuencia de esto, el papel político de la Iglesia cambió drásticamente en diferentes países. Lo que iniciaron los obispos en Medellín, fue ratificado en Puebla (1979). Desde ese entonces, condenaban con claridad profética la terrible pobreza y la marginación que afecta un vasto número de la población del mundo. Desde entonces el anuncio de la Buena Nueva va siempre de la mano con la condena a la injusticia que debe sufrir el pueblo, sobre todo la población rural y los obreros. Los indígenas, los afroamericanos y las mujeres, sin embargo, como víctimas especiales de estructuras injustas, no fueron incluidos en la visión de la teología de la liberación.

La teología de la liberación examina la pobreza y la miseria bajo dos puntos de vista:

·         Desde una visión místico-teológica la pobreza es concebida como un insulto a Dios. La teología de la liberación nace de la experiencia de Dios vivida por el pueblo de Israel. La pobreza es comparada con la esclavitud en Egipto (cf. Ex 2,23; 3,7- 10). Con este Dios liberador nos encontramos en los pobres y marginados. Su situación es el fruto de un sistema injusto que debe ser condenado por esto, pues vive de la acumulación de riquezas en las manos de muy pocas personas. La gran mayoría no tiene participación de los bienes del mundo y está condenada a vivir en gran pobreza y al margen de la sociedad. Por esta razón los obispos, con valentía profética, hicieron la opción por los pobres, una decisión por quienes están marginados del bienestar. Si Dios los prefiere, lo mismo debe hacer la Iglesia (cf. Lecc. 19). Esta opción es:

  • preferencial: en el orden mundial y en la actitud de la Iglesia, los pobres tienen la preferencia;
  • solidaria: no se debe quedar en palabras bonitas, sino que la Iglesia debe ponerse del lado de los pobres en actitudes y en obras;
  • no excluyente: nadie debe sentirse por esto en desventaja, tampoco los ricos, a condición de que se acerquen a los pobres y se conviertan.

·         “Nosotros ratificamos la necesidad de la conversión de toda la Iglesia en el sentido de una opción preferencial por los pobres y con miras a una liberación que los abarque a todos.” (cf. Puebla 1134; cf. 1144, 711, 1165).

·         Sin embargo los pobres no son considerados como objeto, como hombres y mujeres a los cuales la Iglesia se acerca, o incluso como cosa de la cual ella tiene la responsabilidad. Los pobres mismos son una parte de la nueva fuerza evangelizadora y política. Ellos son el nuevo sujeto en la Iglesia y en la sociedad: personas con fuerza y dignidad propias, con iniciativa y responsabilidad. Ellos se organizan para luchar por sus derechos, y ellos evangelizan, es decir, traen la Buena Nueva de Cristo a la Iglesia: sólo cuando ella se vuelva más pobre, sencilla y profética a favor de los pobres, corresponderá a aquello que Jesús exige de ella (cf. 1 Cor 12; Medellín 2,9; 5,15; 10,2; 12,13; 14,7-10; Puebla 96; 485; 622; 629; 640; 1134; 1142; 1147; 1177; 1309; Santo Domingo 178s.; 296).

CCFMC, Lección 20,C 2.2

01.10.2009