46. Viendo el bienaventurado Francisco que el Señor aumentaba el número de los hermanos y los hacía crecer en méritos y que eran ya doce varones perfectísimos con un mismo sentir, dijo a los otros once el que hacía el número doce y era su jefe y padre: «Veo, hermanos, que quiere el Señor aumentar misericordio-samente nuestra congregación. Vamos, pues, a nuestra santa madre la Iglesia de Roma y manifestemos al sumo pontífice lo que el Señor empieza a hacer por nosotros, para que de voluntad y mandato suyo prosigamos lo comenzado».
Agradó a los otros hermanos lo que proponía el Padre; cuando todos juntos se encaminaron a la curia, les dijo: «Señalemos uno de nosotros que sea nuestro guía y tengámoslo como vicario de Jesucristo, para que vayamos a donde él quiera y nos hospedemos cuando él disponga». Eligieron al hermano Bernardo, el primero después del bienaventurado Francisco, y se atuvieron a lo que el Padre había propuesto.
Caminaban alegres, hablaban palabras de Dios, sin que osaran decir nada que no se refiriera a la alabanza y gloria de Dios y a la utilidad del alma, y frecuentemente se dedicaban a la oración. El Señor les preparaba siempre lugar donde hospedarse y hacía que les sirvieran lo necesario.
47. Al llegar a Roma se encontraron allí con el obispo de la ciudad de Asís. Éste los recibió con mucha alegría, pues veneraba con particular afecto al bienaventurado Francisco y a todos los hermanos. Pero como no sabía la causa de su venida, se turbó un poco, temiendo que pensaran abandonar la propia tierra, donde el Señor empezaba a obrar cosas maravillosas por ellos, y porque él sentía gozo sincero de tener en su diócesis varones tan excelentes, de cuya vida y costumbres tanto se prometía. Enterado del motivo y de lo que se proponían conseguir, su gozo fue mayor y les prometió consejo y ayuda para su empeño. [...]
49. Al día siguiente fue presentado el varón de Dios por el señor cardenal al sumo pontífice, y Francisco le expuso todos sus santos propósitos. El sumo pontífice, dotado de singular discreción, accedió en la forma debida a los deseos del Santo, y, exhortando a éste y a sus hermanos acerca de muchas cosas, les dio la bendición y les dijo: «Id con Dios, hermanos, y predicad a todos la penitencia, como Él se dignare inspiraros. Y cuando Dios todopoderoso os aumente en número y gracia, comunicádnoslo, y Nos os concederemos más cosas y con mayor seguridad os encomendaremos otras más importantes».[...]
Leyenda de los Tres Compañeros, Capítulo XII

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