Para Francisco, el principal método de evangelización es el testimonio de vida. Por eso, los hermanos no han de descartar la llamada a la penitencia que es una consecuencia del vivir a la manera de Francisco.
Al mismo tiempo, Francisco escribe, en la Regla de 1221, que los hermanos han de proclamar explícitamente el Evangelio solamente cuando crean que ello será del agrado de Dios. Creemos que, por medio de los signos de los tiempos, Dios nos está diciendo que ese “momento” propicio de que habla Francisco, no ha llegado aún. En muchos países no es posible predicar directamente el Evangelio; el Islam se está renovando. Estos hechos nos demuestran que, lo mismo que Francisco supo esperar la hora de Dios, hemos de ponernos en sus manos.
Pero, al mismo tiempo, estamos convencidos de que Dios está ya actuando. El Espíritu Santo nos precede y muchas de las cosas que suceden nos superan y van más allá de nuestro esfuerzo. El plan de Dios se realiza independientemente de nosotros. Nosotros lo adoramos por ello. Es posible que la actual renovación del Islam sea considerada como una nueva toma de conciencia de la Palabra de Dios y de la sumisión del hombre a El. A Francisco le gustaba mucho este pensamiento: “
A quien tanto ha soportado por nosotros, tantos bienes nos ha traído y nos ha de traer en el futuro, toda criatura, del cielo, de la tierra, del mar y de los abismos, rinda como a Dios alabanza, gloria, honor y bendición (cf. Ap 5,13); porque El es nuestra fuerza y fortaleza, el sólo bueno, el sólo altísimo, el sólo omnipotente, admirable, glorioso, y el sólo santo, laudable y bendito por los infinitos siglos de los siglos. Amén” (2CtaF 61-62)
El testimonio de una vida auténticamente franciscana, las actividades a favor de los pobres y en pro de la justicia social y de los derechos humanos, según la realidad concreta de los diferentes países, nuestra apertura de espíritu y nuestra sensibilidad por las personas que nos rodean, nuestra dependencia paciente de la voluntad de Dios... Todo esto nos da la certeza de que es realmente posible llevar a cabo hoy una vocación misionera franciscana.
Esta visión de nuestra vocación franciscana misionera expresa muy bien el modo como Francisco concebía el mundo musulmán. Obediente a la orden del Señor: “Francisco, vete, repara mi casa”(cf. 2Cel 10), trató, de manera suave pero firme al mismo tiempo, de convertir la actitud de la Iglesia, incluso su misma actitud hacia el Islam. Deseaba que, entre los Musulmanes, la Iglesia fuese pobre y sierva, sin poderío, identificándose con los más marginados.
Esta manera de vivir no es fácil para nadie. Pero si recordamos la experiencia de Francisco sobre la perfecta alegría, nos sentiremos llevados a caminar hacia la “kénosis” que caracteriza a sus auténticos discípulos. Bajo la acción del Espíritu esta experiencia dará sus frutos, ya que abrirá nuestros ojos a los valores positivos del Islam.
De hecho, en nuestros numerosos debates, hemos descubierto que el diálogo es sencillamente eso, porque exige de nosotros que estemos prontos para ir al otro y aceptarlo tal como es. No se trata, por lo tanto, de buscar cuál es la religión que posee la verdad ni hasta qué punto la posee. Se trata, más bien, de abrirnos a la verdad del otro. De este modo, Cristianos y Musulmanes esperamos poder descubrir nuestros intereses comunes, nuestros problemas comunes; podremos aprender aapreciar el hecho de tener valores humanos comunes, necesidades humanas comunes;podremos buscar soluciones comunes, conscientes siempre de que no somos nosotros quienes poseemos la verdad, sino que es la verdad la que nos posee.
CCFMC, Lección 16, C 4

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