“Anda, repara mi Iglesia” (TC 13) - esa es la tarea permanente que debe cumplir la familia franciscana en la escuela de San Francisco. Tomás de Celano desarrolla toda una “teología de la construcción de la Iglesia” en los párrafos de esa historia de vocación (cf. 1 C 18 ss.). Clara de Asís se somete ejemplarmente, con su fraternidad, en ese contexto (cf. Lecc. 19).
En muchos países del norte las iglesias se están desocupando. La Iglesia ha perdido importancia tanto para la vida del individuo, como para la organización de la vida social. Los países desde los cuales antes partió la misión cristiana, se han convertido ellos mismos en países de misión (cf. Lecc. 14).
La situación en los países del sur es diferente. Allí la Iglesia más bien ha crecido en importancia. Premios Nobel y representantes de los derechos humanos como el obispo Tutu de Sudáfrica, el obispo Belo de Timor Oriental y el cardenal Arns del Brasil, son figuras simbólicas de una Iglesia profética. Muchos hermanos y hermanas representan la opción por los pobres (cf. Lecc 19 y 20). La Iglesia latinoamericana se colocó resueltamente del lado de los pobres en Medellín, Puebla y Santo Domingo y de esta manera se ha conscientizado de nuevo del papel profético de la Iglesia.
La familia franciscana en el norte y en el sur debe recordar la tarea a cumplir desde el Crucifijo de San Damián. Se trata de reparar la casa de Cristo.
Es decir: Ella debe construir la Iglesia sobre la base que Jesús mismo puso. Debe ser ella misma Iglesia como lo había pensado Jesús. Pero ella no debe bastarse a sí misma. Debe además
· ayudar a la Iglesia a ser cada vez más Iglesia (es decir entenderse dentro de la Iglesia como un constante movimiento de reforma).
· Ayudar a mujeres y hombres para que encuentren protección y morada bajo el techo de la Iglesia.
“La Iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y de los Doce ... Nacida de la misión de Jesucristo, la Iglesia es a su vez enviada por él. La iglesia permanece en el mundo ... como un signo, a la vez opaco y luminoso, de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y su permanencia ... Pueblo de Dios inmerso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los ídolos, necesita proclamar ‘las grandezas de Dios’, que la han convertido al Señor, y ser nuevamente convocada y reunida por El. En un palabra, esto quiere decir que la Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio. El Concilio Vaticano II ha recordado y el Sínodo de 1974 ha vuelto a tocar insistentemente este tema de la Iglesia que se evangeliza, a través de una conversión y una renovación constantes, para evangelizar al mundo de manera creíble.” (EN 15).
CCFMC, Lección 25, A

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