Buenaventura entiende el mensaje de paz de San Francisco de una manera muy determinada:
“Para comenzar invoco el origen, del cual descienden todas las iluminaciones como del ‘Padre de las luces’ y del cual proviene todo don bueno y regalo perfecto, al Padre eterno, por medio de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Que, por la intercesión de la santísima Virgen María, la madre de ese mismo Dios y nuestro Señor Jesucristo, y del bienaventurado Francisco, nuestro jefe y padre, dé ‘ojos iluminados’ a nuestro espíritu, para que ‘dirijamos nuestros pasos por el sendero de aquella paz’ ‘que sobrepasa todo conocimiento.
Esa paz la anunció y la trajo nuestro Señor Jesucristo, y nuestro padre Francisco repitió su mensaje: El recomendó la paz al comienzo y al final de cada predicación; el deseaba la paz en cada saludo; él suspiraba por la paz del éxtasis en cada contemplación. Francisco era igual a aquel ciudadano de Jerusalén, del cual el amigo de la paz, dice de él que vive en paz con los enemigos de la paz: ‘Rueguen por aquello que le sirva para la paz a Jerusalén’. Porque él sabía que el trono de Salomón sólo tiene validez en la paz; ya que está escrito: ‘En la paz descansa y su morada en Sión’”.
CCFMC, Lección 23

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