En la creación Francisco hizo aparentemente una experiencia básica que nunca lo abandonó: El mundo es un todo, una unidad, un orden inmenso, que no puede ser construido sobre bases jerárquicas, sino que está determinado por el estar uno junto al otro. La colectividad, en la cual todos los seres son criaturas de Dios, era para él más importante que el diferenciar entre hombre, animal, planta y materia inanimada. En los relatos tempranos siempre se enfatiza acerca de cómo Francisco llamaba a todas las cosas “hermano” y “hermana”, de cómo hablaba con el fuego para pedir favores, de cómo incitaba a las flores, viñedos y toda criatura a alabar a Dios y a escucharlo; de cómo hablaba con todas las criaturas como si fueran personas que lo entienden todo. Del otro lado sucedía lo mismo: El sol alumbraba los ojos de San Francisco, los pájaros lo escuchaban, los grillos le hacían compañía, la alondra le indicaba el tiempo para la oración, el cordero le recordaba la misa, las flores lo consolaban, y todas las cosas le decían: “Dios me hizo por ti, querido hombre”, o: “El que nos creó es el mejor!”
Sus compañeros de vida resumen: “No nos debe asombrar que el fuego y las demás criaturas se mostraran algunas veces atentas con él. Pues, como pudimos comprobarlo nosotros que estuvimos con él, con tan gran sentimiento de caridad las amaba y veneraba y de tal manera gozaba con ellas y con tanto cariño y simpatía las quería, que se turbaba cuando alguien no las trataba con delicadeza. Les hablaba con gran alegría interior y exterior, como si ellas tuvieran conocimiento de Dios, como si entendieran y hablaran. Con frecuencia, en esos coloquios quedaba arrebatado en la contemplación de Dios.” (LP 86).
Entre el hombre y la naturaleza, existe entonces una relación “humana”. El plano del encuentro de todo lo que es y el plano de la colectividad de todas esas criaturas es para Francisco, un plano humano, no un plano subhumano, no una unidad con la naturaleza “dionisíaca”, (denominado así por el dios griego “Dionisos”, el dios del vino y de la embriaguez), es decir con la naturaleza embriagadora, en donde el hombre pierde su identidad.
Cercanía a Cristo
Las raíces religiosas de la conciencia ecológica moderna se remontan hasta el siglo 13. El Cántico de las criaturas en realidad ya incluía una dimensión ecológica, como lo demuestran las palabras con las cuales una fuente hace la introducción del reporte acerca de la redacción del Cántico de las criaturas: “Cada día ellas satisfacen nuestras necesidades; sin ellas no podemos vivir, y, sin embargo, por ellas el género humano ofende mucho al Creador” (LP 83).
Es dudoso que Francisco hubiera encontrado su relación con la naturaleza si no hubiera encontrado antes a Cristo. Existe incluso un pasaje en donde Francisco une toda experiencia de Dios con Cristo (cf. REr 1). También el biógrafo nos hace entender esa interpretación, al mostrarnos la situación especial bajo la cual nació el Cántico de las criaturas: Francisco hace primero una experiencia de fragilidad y amenaza extrema (“infirmitas”), de resignación y noche oscura (“tribulatio”), una experiencia que se podría señalar como característica de nuestro tiempo. La segunda experiencia de Francisco es la de acercarse a Dios, su misericordia, que se convierte en una nueva fuerza (“confortatio”) y una nueva seguridad (“certificatio”).
Sólo esta segunda experiencia hace posible la creación de ese maravilloso poema a la creación, el Cántico de las criaturas. Sólo por razón de esa cercanía del hermano Jesús con Dios, las criaturas pueden ser llamados hermanos y hermanas. Esto también se puede expresar con las palabras que Francisco mismo utilizó: “Así, pues, besándoles los pies y con la caridad que puedo, les suplico a todos ustedes, hermanos, que tributen toda reverencia y todo el honor, en fin, cuanto les sea posible, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, en quien todas las cosas que hay en cielos y tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente” (CtaO 12s.).
En la eucaristía el pan y el vino se convierten en los dones de la creación, en el lugar en el cual Dios se acerca a los hombres por medio de Jesús. Las señales santas (=sacramento) no sólo se refieren a la relación entre Dios y el alma humana. El Jesuita, naturalista y filósofo Teilhard de Chardin expresa -enteramente dentro del espíritu franciscano- que ellas tienen una dimensión cósmica. Toda la materia recibe por el acontecer eucarístico la “gran bendición”.
De CCFMC Lección 12

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