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Somos enviados, misioneros,
por el parentesco espiritual con Dios

Para Francisco de Asís, la creencia en la Santísima Trinidad no es una fórmula vacía o métodos de enseñanza, sino una forma de vida, una participación activa en la vida misma del “Dios vivo y verdadero“ (OfP 15,1). Así por lo menos describe en la Forma de Vida para Clara, la vida de la hermanas pobres; como hijas del Padre y esposas del Espíritu Santo, ellas están emparentadas con Dios y esto también vale para “los que hacen penitencia y perseveran en ella: Así serán hijos de su Padre que está en los cielos; ese es mi hermano, mi hermana y mi madre“ (cf. Mt 5,45; 12,50). “Somos esposos cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a nuestro Señor Jesucristo. Le somos hermanos cuando cumplimos la voluntad del Padre, que está en los cielos. Madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo; lo damos a luz por la obras santas, que deben ser luz para el ejemplo de otros“ (1 CtaF 1,1-10).

 

Aquí Francisco aplica a los cristianos en general, lo que dijo específicamente de María: Ella es la hija elegida y sierva del Padre, madre de nuestro Señor Jesucristo y esposa del Espíritu Santo. Lo que sucedió a María, puede ocurrir de nuevo en cualquier momento, cuando el Espíritu Santo actúa en los hombres. El es el que convierte a los infieles en fieles y por esto Francisco no solamente saluda a María, sino a “todas vosotras, santas virtudes, que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo, sois infundidas en los corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios“ (SalVM 6).

 

Es muy explicable, que el texto citado en la carta a todos los fieles, se encuentre hoy en día en todos los documentos básicos de las Ordenes franciscanas, por que en ninguna otra parte, Francisco expresa nuestro parentesco con Dios y entre nosotros, en forma tan mística y dinámica como allí: somos una  familia de Dios, unidos no por los lazos de sangre, sino por lazos espirituales; es la inspiración, el Espíritu, lo que nos empuja a ser unidos y a actuar. En ese texto místico, de ninguna manera se deja de lado el aspecto misionero, más bien tiene allí su origen. Antes que cualquier acción, debe estar primero la comunión con Cristo. Únicamente la unión con El, genera vida.

 

Lo interior empuja hacia el exterior. Por el amor (= Espíritu Santo), estamos por decirlo así, embarazados de Cristo, lo damos a luz, lo traemos al mundo “por un acto divino”, por un obrar que corresponde al Espíritu de Dios. Nos convertimos en portadores de Dios, cuando nuestras vidas y actos hacen aparecer a Cristo. Por eso, entonces, debemos dejarnos “contagiar” del Espíritu de Dios y debemos seguir los pasos de Jesucristo, no sólo en países lejanos o en un futuro lejano, sino aquí y ahora. Esto se observa claramente en la carta que Francisco escribió a los hermanos hacia el final de su vida, donde al terminar, hay una oración, que destaca el papel del Espíritu Santo y que nos muestra de nuevo la razón de la misión a la luz de la Santísima Trinidad:

 

“Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, miserables, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purificados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo, que en perfecta Trinidad y en simple Unidad vives y reinas y estas revestido de gloria, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amen“ (CtaO 50ss.).

 

De CCFMC, Lección 6

27.05.2004