El anuncio y la vida se pertenecen uno a la otra. ¿Cómo se puede exigir una conversión, si uno mismo no está convertido? Quien está comprometido con la Sagrada Escritura, no se puede limitar únicamente a las meras palabras. Para entender el significado de la exigencia de concordancia entre anuncio y estilo de vida en el movimiento franciscano, es importante tener en cuenta el contexto histórico y sobre todo la vida eclesiástica del siglo 13. El hombre sencillo de la calle, que se paraba en frente del palacio del obispo y no desconocía el estilo de vida de algunos prelados y personas revestidas de autoridad, debía sorprenderse del contraste tan extraño entre esa forma de vida y el mensaje evangélico. Una predicación acerca de la pobreza y humildad evangélica expresada en un ambiente cómodo, o acompañada de exigencias de poder sin límites, no era precisamente muy convincente. No se puede culpar a todos los ministros del medioevo del lujo y de la obsesión de poder, sin embargo, los movimientos pauperistas del siglo 11 y 12 (valdenses y otros predicadores de la pobreza), son una expresión del anhelo de muchas personas de vivir el estilo de vida sencillo impregnado de pobreza de Jesús de Nazaret y una fuerte crítica a la vida concreta de los prelados.
Un mensaje evangélico proclamado desde una forma de vida sencilla y humilde era el deseo de muchos fieles. Teniendo en cuenta esto, tal vez se nos hacen comprensibles las palabras un tanto extrañas de Francisco, cuando, ya cercano a la muerte le dice a un hermano que quería leerle de las Escrituras: “Es bueno recurrir a los testimonios de la Escritura, es bueno buscar en ellas al Señor Dios nuestro; pero estoy ya tan penetrado de las Escrituras, que me basta, y con mucho, para meditar y contemplar. No necesito de muchas cosas, hijo; sé a Cristo pobre y crucificado” (2 C 105).
Solamente puede anunciar aquel que lleva la Buena Nueva en el corazón. Es más: Sólo se puede ser convincente si uno mismo se ha convertido a la Buena Nueva. Obviamente esto vale tanto para hermanos y hermanas como también para sus comunidades.
“La Buena Nueva debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de ese testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles” (EN 21).
Aquí se hace clara la importancia de un anuncio sin palabras. La manera de como se relacionan el testimonio vivido y la proclamación de la palabra está plasmada en las palabras de Francisco: “Vayan, anuncien la paz a los hombres y predíquenles la penitencia para la remisión de los pecados. Sean sufridos en la tribulación, modestos en las palabras, graves en su comportamiento y agradecidos en los beneficios; y sepan que por todo esto les está reservado el reino eterno” (LM III, 7). Del anuncio por medio del testimonio de la vida, habla Santa Clara en su testamento: “Pues el mismo Señor nos puso a nosotras como modelo para ejemplo y espejo no sólo ante los extraños, sino también ante nuestras hermanas que fueron llamadas por el Señor a nuestra vocación, con el fin de que ellas a su vez sean espejo y ejemplo para los que viven en el mundo. Así, pues, ya que el Señor nos ha llamado a cosas tan grandes que en nosotras se puedan mirar aquellas que son ejemplo y espejo para los demás, estamos muy obligadas a bendecirle y alabarle y a confortarnos más en El para obrar el bien” (TestCl 19-22).
Clara sabe que su vida y la vida de sus hermanas son una expresión de la bondad y gracia de Dios y que por eso deben ser un espejo para los demás. “¿Qué se puede ver en ese “espejo”? “¿Qué mensaje envió Clara por el camino empinado de la ciudad y a través de los muros de la comuna cuando ella fundó una nueva comunidad de religiosas en los alrededores de Asís? El mensaje consistía en una igualdad radical de todos los miembros de la comunidad, que están fundamentados en el mismo bautismo y vocación a la misma vida evangélica... Libres de los lazos sociales y de las formas de vida mundana y monástica tradicionales de su tiempo, esas hermanas pobres se identificaban de manera insistente e impactante con los grupos de mujeres que buscaban su lugar en una realidad social y eclesiástica” (Margaret Carney, OFS).
Inspirada por las palabras de San Francisco, la regla de la Tercera Orden regular muestra la manera contemplativa del “ir por el mundo”: “Las hermanas y hermanos han de ser bondadosos, pacíficos, moderados, mansos y humildes. Dondequiera que se encuentren o por dondequiera que vayan por el mundo, nunca deben discutir con nadie, ni deben juzgar a los demás. Antes bien han de mostrarse alegres, de buen ánimo y felices en el Señor, como les corresponde ser.
Y, al saludar a otros, ellos deben decir ‘El Señor te dé la paz’“ (Art. 20).
“Y cuando anuncian la paz con sus labios, deben tener cuidado de albergarla aun más en su corazón. Nadie debe ser conducido por culpa de ellos, a la ira o a palabras ofensivas; todos deben ser más bien llevados por su humildad, a la paz, la benevolencia y a la bondad. Las hermanas y hermanos están llamados a sanar a los enfermos, a curar a los heridos y volver al camino a los extraviados” (Art. 30).
CCFMC, Lección 13

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