
Para redescubrir nuestro espíritu "secular" debemos preguntarnos por la razón que llevó a Francisco a considerar la Navidad como "la fiesta de las fiestas" (2C 199).
Muchos teólogos juzgan que esta afirmación es toda una aberración de la piedad popular. Para ellos, la Pascua (desde el Viernes Santo hasta Pentecostés) constituye el clímax del año litúrgico. Y desafortunadamente, en muchos lugares, la Fiesta de Navidad no es más que un acontecimiento folclórico y sentimental, sin compromiso ninguno, un cierto escape de la realidad hacia un mundo armonioso y tierno, que nada tiene que ver con la realidad de la vida y del pueblo.
Sin embargo, la Navidad puede verse desde otro ángulo. El teólogo franciscano Duns Scoto parte de la teología del amor de Dios. Dios es el amor en un grado tal que no se puede pensar en El como soledad o unicidad. Por eso Dios no es «el ser que existe por sí y para sí mismo" como lo expresaron algunos filósofos. Dios es, por el contrario, total donación, entrega absoluta, y por eso quiere un mundo en el que todas las creaturas sepan amarse a sí mismas y las demás, un mundo interdependiente, como una red, una realidad definida por sus relaciones mutuas y no por cualquier clase de limitaciones o separaciones.
Por este motivo, Dios mismo se hace presente en una forma sorprendente e inigualable, en un hombre, Jesús de Nazaret. Por El, Dios quiere amar a todo el mundo y ser amado por todos. Todos deben reconocer dónde está su centro, para poder crecer continuamente en la unidad del amor. Es esta la razón por la cual Francisco celebra la aparición de Dios en el mundo. Para él, Dios es la encarnación de la humildad, aquel que se da a conocer en las cosas más insignificantes: en un niño que nace en un establo, en medio de los desamparados que no tienen refugio ni hogar, que sufren pobreza y miseria, en todas las situaciones de necesidad apremiante, resultantes de una economía y una política que ven como algo natural la existencia de refugiados y exiliados, de pobres y leprosos, como efectos secundarios e inevitables.
Dios nos invita a buscarlo entre los pobres, en medio de la creaturas hambrientas y afligidas, entre seres humanos y los animales. Es esta visión la que lleva a Francisco a pedir al Emperador y a «todos los gobernantes de los pueblos» de todo el mundo a dictar leyes que reconozcan esta realidad. Para él, la fiesta de Navidad debe dar el impulso para poder vencer la pobreza y el hambre o, en otras palabras, constituye el fundamento de la humanización del hombre.
La Navidad se proyecta en la Eucaristía: «Dios se humilla todos los días", y se deja sentir de todos al entrar en un simple padazo de pan, compartido por los que creen en él (cfr.Adm 1,1-22); su deseo es que los hombres vuelvan a reunirse diariamente en torno a su presencia; nadie debe aferrarse a sus intereses egoístas, nadie debe encerrarse en el refugio de sus conveniencias, todos debemos salir de nuestros rincones y reencontrarnos nuevamente con los demás y con todo mundo: el mar, los campos, la tierra y el cielo, todo ha de reconciliarse y llenarse de nueva vida (cfr.7Ct) y así la «sagrada comunión» (cfr.Pn) que hay en el cielo se hará visible y reconocible aquí en la tierra.
La Navidad significa una revolución diaria de los valores y una transformación radical del comportamiento de las personas: lo que parece pequeño e insignificante tiene que verse como grande e importante, y lo que se tiene por importante y valioso, ha de verse como cosa sin mayor valor. Dios no piensa como las personas. Para El, los leprosos están en el centro, y los poderosos deben cederles su sitio. La familia franciscana está llamada a proponer al mundo la revolución celebrada y cantada por María en su Magníficat.
Así es como Dios se une indisolublemente al mundo. Y sólo aquellos que siguen las huellas de Dios, asumiendo el mundo para transformar todo en bien, están de parte de Dios. En este sentido, la Cruz y la Resurrección significan la concreción, la culminación y el efecto de esta actitud de Dios. Para todos aquellos que creen y dan fe de esta Religión de encarnación, Dios se convierte en la fuerza histórica que transforma la realidad.
Francisco define en una de sus cartas a los creyentes como «madres de Dios». También nosotros podemos, lo mismo que María, concebir a Dios, llevarlo en nuestro corazón y darlo a luz por medio de nuestras buenas obras. Podemos contribuir por nuestra parte a hacer presente y visible a Dios en el mundo de tal manera que todos lo puedan experimentar (cfr. 4Cta-b, 53).
Clara de Asís testimonia también el misterio de la encarnación de Dios. Ella se apropia de esta experiencia mística de Francisco y la profundiza, hasta alcanzar en su experiencia interior un punto culminante, cuando escribe a su amiga Inés de Praga:
"…y ama totalmente a quien totalmente se entregó por tu amor; a Aquél cuya hermosura admiran el sol y la luna, cuyos premios no tienen límite, ni por su número ni por su preciosidad ni por su grandeza; a Aquel - te digo – Hijo del Altísimo, dado a luz por la Virgen, la cual siguió virgen después del parto. Adhiérete a su Madre dulcísimo, que engendró un tal Hijo: los cielos no lo podían contener, y ella, sin embargo, lo llevó en el pequeño claustro de su vientre sagrado, y lo formó en su seno de doncella" (3 Cta. Cl 3).
El que es infinitamente grande se hace limitado, el inalcanzable se hace cercano y tangible. Clara retoma aquí y se inspira en un antiguo himno que canta a María:
Quem terra, pontus, aethera, trinam regentem machinam
colunt, adorant, praedicant,
claustrum Mariae bajulat.
Aquél a quien la tierra, el mar y el aire
celebran, adoran y proclaman.
Aquél, Señor de todos los mundos,
en el vientre de María se alojó.
Detengámonos un poco en este pensamiento de la libre decisión de Dios de hacerse limitado, ya que él constituye un elemento absolutamente central en la fe cristiana. La misma creación ya es un acto de limitación: Dios se aparta, se limita para dar espacio a las creaturas, para que pudieran tener una historia propia, para que los hombres pudieran vivir su libertad. Cuando Dios se revela, se somete a su propia creación, se pone en manos de los hombres, se hace cercano, haciéndose presente en todo aquello que ya no es Dios.
CCFMC, Lección 1

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