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La amistad entre Clara y Francisco Para la fiesta de San Francisco en el año de Santa Clara

10.09.2003



Cuando estaba en Asís San Francisco, visitaba con frecuencia a Santa Clara y le daba santas instrucciones. Ella tenía grandísimo deseo de comer una vez con él; se lo había pedido muchas veces, pero él no quiso concederle ese consuelo. Viendo, pues, sus compañeros el deseo de Santa Clara, dijeron a San Francisco: Padre, nos parece que no es conforme a la caridad de Dios esa actitud de no dar gusto a la hermana Clara, una virgen tan santa y amada del Señor, en una cosa tan pequeña como es comer contigo, y más teniendo en cuenta que por tu predicación abandonó ella las riquezas y las pompas del mundo. Aunque te pidiera otro favor mayor que éste, deberías condescender con esa tu planta espiritual.


Entonces, ¿les parece que la debo complacer? - respondió San Francisco. - Sí, Padre - le dijeron los compañeros -; se merece recibir de ti ese consuelo. Dijo entonces San Francisco: - Puesto que así les parece a ustedes, también me lo parece a mí. Mas, para que le sirva a ella de mayor consuelo, quiero que tengamos esa comida en Santa María de los Ángeles, ya que lleva mucho tiempo encerrada en San Damián ...

El día convenido salió Santa Clara del monasterio con una compañera y, escoltada por los compañeros de San Francisco, se encaminó a Santa María de los Ángeles ... y luego la llevaron a ver el convento hasta que llegó la hora de comer. Entre tanto, San Francisco hizo preparar la mesa sobre el suelo, como él estaba acostumbrado. Y, llegada la hora de comer, se sentaron a la mesa juntos San Francisco y Santa Clara ...

Como primera vianda, San Francisco comenzó a hablar de Dios con tal suavidad, con tal elevación y tan maravillosamente, que viniendo sobre ellos la abundancia de la divina gracia, todos quedaron arrebatados en Dios. Y, estando así arrobados, elevados los ojos y las manos al cielo, las gentes de Asís y de Bettona y las de todo el contorno vieron que Santa María de los Ángeles y todo el convento y el bosque que había entonces al lado del convento ardía violentamente, como si fueran pasto de las llamas la iglesia, el convento y el bosque al mismo tiempo, por lo que los habitantes de Asís bajaron a todo correr para apagar el fuego, persuadidos de que todo estaba ardiendo. Al llegar y ver que no había tal fuego, entraron al interior y encontraron a San Francisco con Santa Clara y con todos los compañeros arrebatados en Dios por la fuerza de la contemplación, sentados en torno a aquella humilde mesa. Con lo cual se convencieron de que se trataba de un fuego divino y no material, encendido milagrosamente para manifestar y significar el fuego del amor divino en que se abrasaban las almas de aquellos santos hermanos y de aquellas santas monjas. Y se volvieron con el corazón lleno de consuelo y santamente edificados. (cf. Florecillas 15).


CCFMC, Lección 3 - La colaboración interfranciscana en nuestro tiempo