.
 

Brindar paz sin violencia

12.02.2003

La esperanza de que la ONU aun pueda resolver el conflicto con el Irak de manera pacífica desvanece más y más. Parece que la maquinaria bélica ya no puede ser retenida. Si la actual situación realmente conduce a la guerra será una catástrofe para el pueblo iraquí, para toda la región y para el mundo entero; será una señal de derrota de la acción política. "La guerra es siempre una derrota para la humanidad" (Papa Juan Pablo II). Mientras aun es tiempo los franciscanos deben entrometerse en todas las iniciativas generadoras y preservadoras de la paz y participar en ellas. El siguiente texto quiere ofrecer un incentivo franciscano para tales acciones.

 

Francisco era un pacificador reconocido. No sólo era un hombre pacífico, sino uno cuya misión es crear paz. Sin embargo, esta declaración se debe defender de malentendidos para que pueda tener su efecto pleno.

 

En un comentario a Mt 5,3 ("Felices los que tienen espíritu de pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos"), Francisco relaciona la actividad pacificadora del hombre con su capacidad de sufrimiento, lo que en él significa lo mismo que actuar sin violencia. La capacidad de sufrimiento se entiende con demasiada frecuencia, al igual que la paciencia, como un comportamiento pasivo. Más bien significa fuerzas interiores que se oponen al sufrimiento. A Francisco le importa que tanto el pensamiento y el sentimiento (=alma), como también el comportamiento social (=cuerpo) estén impregnados de la paz:

 

"Son verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de todas las cosas que padecen en este siglo, conservan por el amor de nuestro Señor Jesucristo, la paz en el pensamiento y sentimiento (= alma) como también en el comportamiento social (= cuerpo)." (Adm 15).

 

Esta declaración toma fuerza si se considera como posible "lugar en la vida", las experiencias de los franciscanos al norte de los Alpes, en donde fueron muy acosados por sospecha de herejía: "Algunos eran azotados, otros encarcelados, otros desvestidos y llevados desnudos ante el juez de la ciudad y les servían de espectáculo a los pasaban... Por esos acontecimientos los hermanos consideraban a Alemania tan cruel, que sólo se atrevían a ir aquellos que estaban animados por el deseo de martirio" (Jord 5). Esta capacidad de sufrimiento y paciencia (="patientia") tiene su momento precisamente en el conflicto y no es una virtud sin ton ni son (cf. Adm 13).

 

La no violencia es una actitud interna activa y no sólo pegada externamente. También el pensamiento y las palabras deben estar libres de violencia: "Aconsejo, amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a mis hermanos que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan de palabra (cf. 2 Tim 2,14) no juzguen a otros; sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando decorosamente, como conviene" (2 R 3,10 s.).

 

La no violencia no sólo aparece aquí como un programa, sino también como una cultura del trato. Cada una de la propiedades nombradas en la cita son importantes, si se quiere entender la actitud básica franciscana. Con esta actitud, le es posible a Francisco brindar la paz en diferentes ciudades italianas: en Perusa (cf. 2 C 37), en Bolonia (cf. Tomás de Spalato), Arezzo (cf. 2 C 108), Siena (cf. Flor 11), Asís (cf. LP 84)...

 

Es importante el hecho de que los deseos de paz determinaban cada encuentro y cada predicación para Francisco. El retoma las dos fórmulas de saludo de la Biblia "Paz a esta casa" (Lc 10,5 = 2 R 3,14) y "El Señor os dé la paz" (Num 6,24 ss. = Test 6, BenL) y las varía, según sus destinatarios, en la forma de "Paz y salvación". Esas fórmulas deben preceder a todas las conversaciones y a cada predicación, lo que evidentemente es una innovación para los contemporáneos que no sólo da pie para la sorpresa:

 

"En los comienzos de la Religión, yendo de viaje el bienaventurado Francisco con un hermano que fue uno de los doce primeros, éste saludaba a los hombres y mujeres que se le cruzaban en el camino y a los que trabajaban en el campo diciéndoles: ‘El Señor os dé la paz’. Las gentes quedaban asombradas, pues nunca habían escuchado un saludo parecido de labios de ningún religioso. Y hasta algunos, un tanto molestos, preguntaban: ‘¿Qué significa esta manera de saludar?’ El hermano comenzó a avergonzarse y dijo al bienaventurado Francisco: ‘Hermano, permíteme emplear otro saludo’. Pero el bienaventurado Francisco le respondió: ‘Déjales hablar así; ellos no captan el sentido de las cosas de Dios.

 

No te avergüences, hermano, pues te aseguro que hasta los nobles y príncipes de este mundo ofrecerán sus respetos a ti y a los otros hermanos por este modo de saludar" (LP 101).

 

En muchas situaciones diferentes llenas de conflicto (guerra, disputas familiares), Francisco amplía la fórmula de saludo como predicación, para hacer un llamado de paz frecuentemente con éxito. En otros casos, él utiliza el cántico del hermano sol y la oración. No se nombran más medios de pacificación en la literatura biográfica, lo que nos lleva a la conclusión que el éxito de la acciones de paz no se debe tanto a los medios, sino a la personalidad fascinante y arraigada en Dios de Francisco mismo.

 

La relación de San Francisco con las armas es muy clara. Una razón para que Francisco convierta a la pobreza en el pilar principal de su comunidad, radica en el convencimiento de que entre la propiedad y la guerra existe un relación íntima:

 

"Si tuviéramos algunas posesiones, necesitaríamos armas para defendernos. Y de ahí nacen las disputas y los pleitos, que suelen impedir de múltiples formas el amor de Dios y del prójimo; por eso no queremos tener cosa alguna temporal en este mundo" (TC 35).

 

En relación con esto también se nombra la prohibición de armas de la Tercera Orden Seglar: "Las armas mortíferas no deben ser recibidas ni ser portadas por nadie" (Memoriales 15,3: Meersseman 101). Igualmente importante es la prohibición del juramento de bandera, que solo podía ser levantado en casos muy urgentes por el Papa (Memoriales 16). Para reconocer el verdadero significado de esta determinación, se debe tener en cuenta que las comunas y los nobles podían obligar a sus seguidores a prestar el servicio militar. Pero precisamente en contra de esto van las dos determinaciones. Por causa de esto "algunas guerras civiles y de ciudades literalmente no se llevaron a cabo por falta de participación" (L. Hardick). La formulación de la regla de la Tercera Orden no se remonta a Francisco, sino que se encuentra en la penitencia publica del cristianismo primitivo. Según esto, la verdadera penitencia y la mano de obra de los soldados no son compatibles (cf. el comentario de Meersseman). Pero estas determinaciones coinciden con el ideal franciscano y adquieren con Francisco una nueva dinámica.

 

De esta manera, el movimiento de penitencia, o mejor la Tercera Orden se convierte en un instrumento importante de paz en el siglo 13.

 

Con esta actitud Francisco también propone una alternativa a las cruzadas. El crea para esto su planteamiento misionero (ver Lecc. 17) y tiene un encuentro sin armas con el Sultán. Esta actitud del Santo se convierte en las "Florecillas" (21) en la leyenda impresionante del "terrible y feroz lobo": Los ciudadanos de Gubbio vivían "aterrorizados ... Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si fueran a la guerra. ... Era tal el terror que nadie se atrevía a salir de la ciudad. San Francisco, ... quiso salir a enfrentarse con el lobo ... Y, haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros, puesta en Dios toda su confianza. ... San Francisco se encaminó resuelto hacia el lugar donde estaba el lobo. ...el lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó y le dijo: ‘Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie. ... Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco".

 

La leyenda sigue, haciendo Francisco un pacto de paz entre el lobo y la ciudad, con el resultado de que el lobo podía vivir en la ciudad misma, "entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros." Aquí se hace claro en qué pone Francisco su esperanza: no en las armas ni en su pretendido objetivo de brindar seguridad, sino en Dios, Jesús, la cruz (cf. Flor 21). Esta historia parece casi como una exégesis del verso del salmo: "Unos confían en sus carros, y otros en sus caballos, mientras que nosotros sólo en Dios. Pero mira cómo tropiezan y caen, mientras nosotros nos mantenemos en pie!" (Sal 20,8 s.).

 

Un punto de vista importante de la no violencia es lo que se podría llamar la renuncia a la "poder jurídico". Es decir, Francisco no quería imponer su manera de vida alternativa por los medios del derecho publico, o sea no valerse de privilegios eclesiásticos: "Mando firmemente por obediencia a todos los hermanos que, estén donde estén, no se atrevan a pedir en la curia romana, ni por si ni por intermediarios, ningún documento en favor de una iglesia o de otro lugar, ni so pretexto de predicación, ni por persecución de sus cuerpos; sino que, si en algún lugar no son recibidos, márchense a otra tierra a hacer penitencia con la bendición de Dios" (Test 25 s.).

 

Para Francisco los privilegios eran una contradicción de una forma de vida que tiene como punto central la humildad y la no violencia: "El más bien quería lograr todo por medio de la humildad que por el poder de las instancias legislativas" (Jord 13).

 

CCFMC, Lección 23, Labor franciscana de paz